Abelardo De La Espriella.
Abelardo De La Espriella.
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EFE

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La Pasión del Defensor

Sin titubeos, gracias al defensor por devolvernos la pasión por este país.

Por Andrea Santander

“La Pasión del Defensor”, hace más de una década, siendo aún una estudiante universitaria, leí este libro, en el que se narraba la historia de un abogado en Colombia. Ni siquiera recuerdo bien por qué lo compré, probablemente simplemente llamó mi atención en la estantería de alguna librería. Fue la primera vez que tuve contacto con la figura de Abelardo de la Espriella. El mismo hombre renacentista, a veces poderosamente magnético, otras veces de respuestas rancias, que hoy es el más opcionado para ser Presidente de Colombia.

Voté por él y no me sonrojo en admitirlo. Yo, que soy más bien una académica comprensiva de los matices y defensora de un mundo multipolar, le puse la raya al tigre con un entusiasmo que no experimentaba en las urnas hace muchos años. Volviendo al libro que les mencionaba al inicio de este texto, no sé si aún se vende, pero debería ser de lectura obligatoria para todos sus seguidores y allegados. Es una buena forma para intentar comprender a este hombre. No soy abogada, pero al finalizarlo en aquel entonces, quedé con ganas de dedicarme al derecho penal. Porque, como su título bien lo dice, cada línea ejemplifica a un tipo apasionado por la justicia. Se siente uno en una novela histórica de Santiago Posteguillo en medio de anécdotas de juicios de Marco Tulio en el foro romano.

Abelardo no es el candidato perfecto. Es imposible que uno, como votante, se identifique plenamente con alguien, y la gallardía de admitir como elector que, aun cuando no se piensa idéntico al líder, se le puede brindar su apoyo porque es lo mejor para la república, es algo para destacar.

Esa particular obsesión de De la Espriella con Italia, los perezosos dirán que se explica en el origen de su apellido. Pero creo que va más allá. Basta con escuchar y analizar sus entrevistas —no solo de ahora sino de las últimas dos décadas— para valorar que este es un personaje casi sacado del siglo XV. Se le nota en las costuras que es de esos que no solo se ha devorado El príncipe de Maquiavelo, sino también Los discursos sobre la primera década de Tito Livio y La mandrágora, del mismo autor.

Y, de hecho, esa es la versión como ciudadana que más me llama de él: la del polímata, la del hombre capaz de entregarse a varios oficios y a todos ellos con cierto nivel de excelencia. Parece una cualidad fácil de poseer, pero ya les digo yo que no. Con el candidato político se ha engendrado también un hombre bravío dispuesto a lo que sea por su patria; eso se lo respeto, aunque no siempre comulgue con la explosividad para transmitirlo. Pero a ese Abelardo también lo veo en la pantalla de mi televisor, con un dejo de admiración por su histrionismo. Me digo a mí, que he estudiado a tantos líderes políticos: qué tremenda puesta en escena, y es que le sale natural.

Ojalá Colombia se dé la oportunidad de confirmar su elección por Abelardo. Yo, como todos sus votantes, siento ilusión y emoción por esa patria milagro que se puede construir con la pujanza que nos caracteriza. Su campaña es una muestra de su talante. En los últimos dos meses logró destronar a Iván Cepeda de su favoritismo, a punta de jugadas certeras como el buen ajedrecista.

Ahora lo rodean un montón de personajes que buscan adularlo y que se creen artífices del fenómeno, pero la realidad es que este hombre no necesita titiriteros porque, si algo bueno tiene, es que no es marioneta de nadie. Además, basta con sumergirse en las páginas de su ensayo Muerte al tirano (que también les recomiendo ampliamente), para darse cuenta de que este señor “está jugado”, como decimos en el Caribe, y sabe dominar espacios que buscan manipularle.

Finalizo diciendo que yo, que me he dedicado a estudiar biografías nacionales e internacionales, no recuerdo haber visto un espécimen así brotar antes de nuestra tierra. Este candidato es único en su especie y creo que debemos aprovecharlo. No se parece a Milei, porque el argentino no tenía previamente una carrera exitosa en lo privado; no se parece a Bukele, porque el salvadoreño no tiene su portento intelectual; tampoco a Trump, porque el estadounidense no tenía su dominio del Estado al inicio.

Hace poco alguien me dijo que era una “tibia”, que era mejor que no me refiriera a Abelardo porque no lo comprendía como personaje. Me dio un poco de risa. Y supongo que eso me hizo identificarme más con este candidato. Debo confesarles que me encanta que no admita tutelaje ni pida permiso para hablar. Apenas ayer escribió vía X que había conversado con Georgia Meloni, jefe de Estado italiana, quien, como él, como yo, como los verdaderos “nunca” de este país, no vamos preguntando si podemos avanzar por el camino que nos trazamos o no; todos somos un poco De la Espriella cuando echó para adelante a pesar de la ambigüedad de Uribe Vélez, y todos somos un poco Meloni cuando desafió al gran Silvio Berlusconi y derrotó a Il Cavaliere, quien le había dicho que nunca sería ni alcaldesa de Roma.

Sin titubeos, gracias al defensor por devolvernos la pasión por este país.

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